La casa de los espejos

Información Personal
Nombre: 
Luis
Apellido: 
Martín
Categoría: 
cult
Idioma: 
Español
Póster de 'Copia certificada'
William Shimell y Juliette Binoche

El Arte con mayúsculas, que se nos presenta tras la máscara del elitismo y la creatividad, ha ido siempre de la mano de la copia. En estos tiempos, la copia es poco menos que un parásito, relacionándosela con seres sin creatividad que intentan emular obras maestras tratando de obtener al menos una porción del beneficio y la admiración que obtienen las originales. Así, resulta curioso que, dejando a un lado la comparación zoológica de los “copistas” con hienas, aparezca Abbas Kiarostami con su Copia certificada y nos diga que una buena copia es mejor que el original. El argumento de esta película no es precisamente nuevo. Puede que Kiarostami se escudara en su idea de la copia sobre el original para presentarnos su mensaje a través de un modelo que es fácilmente comparable con películas como Antes del amanecer (y su secuela Antes del atardecer). Este modelo consiste en elegir a dos desconocidos (aquí lo son relativamente) y hacerlos interactuar durante todo un día, centrándonos en sus conversaciones y en cómo va evolucionando su relación hasta el momento en que ambos deben decidir si separarse o permanecer juntos. La idea que planea sobre toda la película es la de hasta qué punto una copia es realmente mejor que el original. A medida que el film avanza, los dos protagonistas afianzan más y más su relación en lo que no es más que la copia de un matrimonio en un momento crítico (especialmente tras una escena clave en una cafetería). Estamos ante dos personajes solitarios que necesitan algo que debieron perder tiempo atrás (se nos oculta acertadamente), algo parecido a una relación sentimental estable, real, alejada de cualquier copia. Ambos saben que su momento pasó y que no pueden acceder a algo real, así que establecen por pura necesidad un acuerdo tácito de emular una situación en la que puedan desahogarse por todo lo malo que les rodea e incluso, si la situación llega a ese punto, tratar de arreglar sus problemas para construir algo sólido. Es muy significativa la constante utilización de espejos a lo largo del film. Espejos donde los personajes se miran (rompiendo la cuarta pared) y ven más allá de su propia realidad, vislumbrando lo que no deja de ser una copia de ellos mismos. Una estampa que recuerda a la foto de la escalera y el espejo de Chema Madoz, donde nunca sabemos a ciencia cierta a qué lado de la realidad nos encontramos. Pero no es la única copia que nos presenta Kiarostami. Aparecen una pareja de recién casados, un matrimonio de mediana edad y uno anciano que representan varios modelos en los que se reflejan los protagonistas. El personaje de Binoche trata de emularlos, convirtiéndose en el punto medio entre esos modelos: recién casados, matrimonio en crisis y matrimonio consolidado. Desde el principio, es el personaje femenino, interpretado por una arrolladora Juliette Binoche, quien trata de convencer a James de que tiene que romper esa barrera que lo aleja de las copias y disfrutar de su encanto. Él sostiene que es difícil ser simple y ella trata de demostrarle lo contrario, arremetiendo contra todas sus teorías a través de la pasión. Son reconocibles en esta película algunas marcas autoriales propias de Kiarostami (vistas anteriormente en obras suyas como El viento nos llevará o El sabor de las cerezas) como el reposo de su montaje y de la evolución de la historia, la total entrega a los diálogos y acciones de sus personajes, dejándolos respirar dentro de los planos, y los planos de los protagonistas dentro de un coche, recurriendo aquí también a planos subjetivos desde el interior del vehículo. Los actores brillan con luz propia a través de diálogos en los que, pese a su apariencia, no existe apenas improvisación. Una pasional y frágil Juliette Binoche destaca por encima de un acertadamente contenido William Shimell (elogiable afrontando su primera experiencia cinematográfica). La fotografía sugiere un juego de claroscuros muy acorde con el tono de la película. Los silencios, como en tantas obras de Kiarostami, son en ocasiones más relevantes que muchos diálogos. Todo tiene su propia voz en esta historia de dos desconocidos que se adentran en una casa de espejos donde todas las imágenes parecen copias idénticas, pero en la que resulta difícil señalar cuál de todas es la auténtica, si es que realmente alguna de ellas lo es.